Gracias, capitán

IN MEMORIAM

Don Miguel Lluch Baixauli

1959 – 2015

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La mañana de aquel dos de febrero Pamplona amaneció nevada y con la noticia de que esa corta e inesperada enfermedad se había llevado a Don Miguel. Tuvieron que pasar varios días después de su fallecimiento para que los colegiales de Mendaur empezásemos a calibrar la magnitud de nuestra pérdida. Sabíamos, por supuesto, que no volveríamos a ver cada día su inmensa sonrisa, que no oiríamos otra vez sus palabras de aliento ante las dificultades, que no podríamos, salvo en el recuerdo, volver a reír con su animada escenificación –no se puede hablar simplemente de relato– de la carga de Alejandro en Gaugamela, del desembarco en la playa de Omaha o de los discursos de Churchill.

Lo que tal vez no conocíamos tanto –porque siempre lo camufló en un abnegado servicio pastoral– era su talla académica. Por supuesto que sabíamos de su agudo ingenio y su inteligencia preclara, pero lo que no adivinábamos en su figura era su impresionante currículo: dos doctorados (uno de ellos por la Universidad de Lovaina), director nueve años del Instituto de Antropología y Ética de la Universidad de Navarra, capellán durante casi tres lustros de la Facultad de Filosofía y Letras o sus estudios sobre Boecio y su admirado Guardini.

Don Miguel era sin duda un vivo ejemplo del verdadero espíritu universitario y cristiano. Universitario, no sólo por su amor a la verdad y su dilatada trayectoria académica, sino también por ser un lector voraz. Decía en muchas ocasiones que leer nos posibilita a vivir otras vidas y lo que ahora vemos es que sus años aquí en la tierra fueron como la más apasionante de las novelas. Espíritu cristiano, porque nos animaba a estar siempre “en las trincheras” o, como a los paracaidistas, nos daba “luz verde” cuando tocaba pasar a la acción. Todo ello acompañado por una sonrisa y un corazón de verdadero padre.

Como escribió un colegial de Mendaur a los pocos días de que Don Miguel se nos fuese al cielo “lo mejor que nos queda ahora de él es que sabemos lo mucho que nos quería y que ha preferido estar con el General, ahí arriba, para socorrernos en nuestras escaramuzas diarias y, así, poder apoyarnos todavía más de lo que nos ayudaba aquí abajo”.

Gracias, Don Miguel, cuídenos desde el Cielo.

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